domingo, 11 de mayo de 2014

11.2

Hola de nuevo, quiero agradecer a todos aquellos nuevos (o antiguos) que están descubriendo (o re-descubriendo) el blog. Gracias a vosotros, abril ha sido el mes con mas visitas desde agosto de 2011, espero que siga asi tanto como deseo acabar este epílogo que me esta volviendo loco ya ;-)

Creo que os gustara bastante el final e incluirá muchas cosas de mi propia producción, no sera tan solo una especie de "parche" que poner a los libros, sino que el epílogo tiene un eje propio.

Poco mas que decir, retomamos con algo que en mi opinión es uno de los pilares que sostienen la razón del epílogo, a mi me parece que se refuta bastante bien, pero si me pudierais dejar algún comentario diciéndome qué os parece a vosotros os lo agradecería.


Cuando deshizo el hechizo se escurría ya entre un estrecho y oscuro callejón entre dos altos edificios de piedra, el olor a fruta podrida se podría haber notado cincuenta manzanas más lejos y aquel insufrible olor aumentado aún por las capacidades de Eragon lo inundaba todo y hacía que empezara a marearse y a ver lucecitas de distintos colores.
Continuó andando por aquel estrecho callejón adentrándose en una espesa oscuridad, guiado por el fuerte olor a podrido, no sabía exactamente que hacía que siguiese aquel olor nauseabundo, pero sentía que tenía la necesidad de llegar hasta el lugar de donde provenía.
Llego un momento, ya que el callejón parecía interminable y Eragon no tenía ni idea de cuánto tiempo había transcurrido desde que  había adentrado en el por lo que había perdido la noción del tiempo, que la oscuridad terminó haciéndose completa, por mucho que Eragon alzase la cabeza hacia el cielo, sus pupilas no conseguían atrapar el menor rayo de luz. Cuando esto ocurrió el olor a fruta podrida era ya casi mortal y a Eragon tuvo una idea y con un susurro inaudible para todos menos para él, aunque estaba solo, pronunció el nombre del idioma antiguo y esperó a ver qué pasaba. Después de esperar un par de minutos, que a él le parecieron horas, continuó andando por el callejón.
Cuando empezó a preguntarse si debería darse la vuelta, le pareció ver un pequeño resplandor a lo lejos. Fue algo parecido a un chispazo y fue tan rápido que se preguntó si realmente lo había visto o se lo habría imaginado, pero cuando volvió a mirar hacia donde le había parecido ver aquel puntito de luz, volvió a verlo y esta vez sí que estaba seguro de que lo había visto. Sin detenerse echó a andar hacia él.
Lentamente, el pequeño puntito de luz se fue haciendo más y más grande, hasta que terminó cobrando forma de una pequeña llama dentro de una lámpara marinera. Una pequeña tienda pintada de colores verdes oscuros era lo único que Eragon alcanzaba a ver en aquella gran oscuridad. Para entrar en la tienda, había que subir tres pequeños escalones de madera, en el tercero una sombra adquiría forma felina y enseñaba los dientes debajo del bigote. Solembum le dedicó su más encantador maullido desde el suelo, invitándole a pasar. Eragon vaciló apenas un momento, pero suficiente para que el hombre gato lo notase y le preguntase: “¿Qué ocurre? ¿Tienes miedo?”. Eragon puso su mejor cara de idiota y respondió: “No” y sin pensárselo dos veces abrió la puerta y entró en la tienda.
Antes de que traspasase el umbral, ya sabía quién le esperaría dentro. Aun así no pudo evitar sobresaltarse al escuchar una voz tan tremendamente familiar después de tanto tiempo:
-          Ah, jaja, ya sabría que vendrías a visitarme antes de que yo fuera a por ti. ¡Bueno! ¿qué te parece? Te gusta el pequeño antro donde me he instalado, ¿eh? Está bien, no habrás venido solo para estar de charla, eso se te nota en la cara. ¿Qué quieres?
Hace treinta y nueve años me predijiste un destino con unos huesos de dragón, he venido para pedirte que lo hagas de nuevo.


Actualizo también la pagina del Epílogo para aquellos que querais repasar o leerlo de nuevo

Un saludo.

miércoles, 30 de abril de 2014

Comienzo del capítulo 11

Bien, el fragmento de hoy es mas bien tranquilo en comparación con el anterior, también algo mas largo y une el final del capitulo 10 con el principio del 11, espero que os guste, aunque la parte importante del capítulo llegara la próxima semana

Justo en el último momento, Arya sintió como la mano dejaba de sangrarle y que la sangre, milagrosamente volvía a circular por su interior, a la vez que una voz terrible resonaba como un trueno en su cabeza “No vuelvas a intentarlo” entonces Eragon desapareció de su mente. Arya tardó un rato en ser capaz de pensar con claridad, cuando al final lo consiguió el jinete ya se había ido.







11 Destino
Al día siguiente, la mañana ya estaba muy avanzada cuando Eragon salió por fin de sus sueños de vigilia. Tras lo ocurrido la madrugada anterior, el remordimiento lo había estado asaltando durante toda la noche. Una y otra vez escuchaba los gritos de Arya intentando traspasar la barrera que el mismo había construido y el deseo de ayudarla contrapuesto con el de que necesitaba un castigo por lo que había hecho.
Al levantarse descubrió que Saphira no estaba, pero no le dio importancia, probablemente estaría con Firnen. Pero rápidamente otro pensamiento lo atacó “¿Y si Arya le había contado a Firnen lo ocurrido la noche anterior? ¿Y si este se lo contaba a Saphira? ¿Estaría ella de acuerdo con la decisión que él había tomado? Estas y otras preguntas pasaban por su cabeza cuando un jovencito de no más de doce años, rubio y lleno de pecas se le acercó y le entregó un sobrecito que parecía una carta. Eragon le dio un par de monedas al chico y este hizo una torpe reverencia antes de volver por dónde había venido.
Eragon no abrió inmediatamente el sobre, sino que primero se conformó con observar los detalles de este: el papel era áspero y de un extraño color morado claro, la parte donde se encontraba la apertura estaba resaltada con un color verde apagado y el sello donde se cerraba el sobre era de un color rojo intenso. Eragon pudo distinguir dentro del sello un dragón bicéfalo detrás de un escudo en el que se podía apreciar claramente el nombre de la guardia especial de Nasuada: Los halcones de la noche.
Rompió el papel morado con cuidado de no estropear el sello, dentro una pequeña nota de papel esperaba a ser leída. En el momento en el que se fijo en las letras, pudo apreciar la curvada caligrafía de Nasuada. La nota rezaba: ¿¡¡Cómo se te ocurre desaparecer así!!? Ven a la sala del trono dentro del castillo dos horas después de la comida. Trae a Saphira.
La agresividad de la nota sorprendió a Eragon, pero después entendió que había desaparecido durante dos días, justo un día de haber vuelto, eso quería decir que apenas le restaban otros tres días y lo que quedaba de ese para encontrar su respuesta a la pregunta del dragón, además del banquete.
Aún quedaban un par de horas para la comida, de modo que se decidió a hacer lo que no había hecho la noche anterior, hablar con Brom. Se puso en marcha sin exactamente saber adonde iba, deambulaba por las calles intentado encontrar al anciano. Allí por donde pasaba despertaba grititos de sorpresa y alguna que otra mirada que guardaba más que sorpresa. Mas de diez veces escuchó aquella pregunta que empezaba a no resultarle tan extraña “Jinete de dragón, ¿quieres casarte conmigo?” decían las jóvenes muchachas, antes de darse la vuelta, tremendamente abochornadas cuando Eragon las identificaba y les dedicaba su más encantadora sonrisa, y las veces que no las identificaba, adivinaba fácilmente quien de ellas había sido porque eran rápidamente reprendidas por sus abuelas. Eragon pensó de pronto que tal vez alguna de esas abuelas fuera alguna de las otras jóvenes que le formularon la misma pregunta años atrás en Farthern Dur, y se reía por dentro al ver lo mucho que cambiaba la gente durante la vida.
Pero no eran solo peticiones de matrimonio lo que Eragon escuchaba, muchos otros se acercaban a sobarle y a darle las gracias, también le pedían que curase la pierna rota de su hija pequeña, el resfriado de su suegra, etc., aunque más de uno lo que pedía era que el resfriado agravase. Al final, Eragon terminó entrando en cincuenta casas distintas, sin repetir el motivo por el que lo hacía, y cuando se cansó desapareció ante las narices de un comerciante que insistía en regalarle dinero con un sencillo hechizo. 

sábado, 5 de abril de 2014

10.3

Eragon explotó, sabía que Arya intentaba sonsacarle información, pero no creía que llegara a intentarlo mediante una forma tan sucia como la seducción. Lentamente, mientras miraba la mano de Arya, posó la suya sobre la de la elfa, para darle una pequeña satisfacción. Entonces empezó a pronunciar con dulzura unas palabras en el idioma antiguo. Cambio el orden de las palabras de tal manera que Arya no supiese que orientación le daba al hechizo hasta la última palabra. Esta, aguardó impaciente confiando en la dulzura del tono de Eragon. Pero cuando a falta de una palabra, Eragon volvió a mirarla, Arya sintió miedo. Su mirada, era cruel y llena de sed de venganza y mientras pronunciaba la última palabra del hechizo, el jinete dibujó una sonrisa pícara.
Arya no pudo evitar dar un grito cuando sintió como un millar de puñales le taladraban la mano, profundos cortes se abrían inevitablemente en la palma y el dorso, y de ellas brotaban sendos regueros de sangre. La elfa se derrumbó, estaba perdiendo sangre y sabía que se desangraría en poco tiempo. La cabeza se le empezó a nublar, así que busco rápidamente el hechizo de curación, pero cuando intento utilizar las reservas de energía para llevarlo acabó, descubrió que no tenía acceso a ella. Un impenetrable muro se erigía entre la elfa y su magia. Arya no tardó en darse cuenta de que aquella barrera era de Eragon, que se había introducido en su mente aprovechando la confusión. La elfa se sintió de pronto desnuda ante la cantidad de información a la que Eragon tenía acceso en aquel momento. Pero tampoco tuvo mucho tiempo para pensar en eso, necesitaba su magia. Así que empezó a recorrer la interminable muralla que la separaba de su única salvación. Pero la barrera no tenía ningún pequeño resquicio donde intentar introducirse dentro.
Cuando al final se rindió, termino gritándole a Eragon: “¡Déjame pasar!” Su tono era más una súplica que un grito. “Haré lo que sea, LO QUE SEA” Pero nadie respondía. Una y otra vez la elfa repetía su petición, hasta que al final, una voz conocida y que en otros momentos la habría considerado amiga le respondió “¿Por qué?” Arya no tuvo tiempo de pensar una respuesta coherente. Su cabeza era ya una charca embarrada de pensamientos sin sentido. Aun así supo que estaba a punto de morir.